Recuerdo cuando veíamos los partidos del Dépor juntos. Mi deportivismo crecía inversamente proporcional a mi estatura, y la fe en mi equipo era inquebrantable. No existía ninguno mejor y eso no se me podía discutir. Antes de que empezara un partido mis nervios impedían que me estuviese quieto. Mi abuelo permanecía tranquilo en el sillón donde se sentaba siempre, su sillón, y no decía nada. Yo no paraba de hablar y de hablar, que si íbamos a ganar, que si el rival no tenía nada que hacer, que éramos mucho mejores... y era en ese estado de máxima excitación cuando él me decía:
- Non sei se gañará... os outros son moi bos.
Siempre decía lo mismo, provocando una reacción de ira furibunda en mi, así que volvía a decirle todo lo que ya había dicho antes, pero gritando. Cuando me veía ya muy alterado era el momento que escogía para soltarme:
-Bueno, pode gañar, sí. A ver, a ver.
Pero a mi no me aplacaba. Esa condescendencia conseguía que me enfureciera mucho más. Pero el siguiente partido lo volvíamos a ver juntos. No fallaba.
Recuerdo las partidas de cartas con mi abuela y su cuñado, Pepe, en las que yo me sentaba a observar. Eran partidas sin ningún ápice de carácter amistoso, en donde ganar era lo más importante. El momento de más tensión se producía al contar los puntos, pues de eso dependía la cantidad de céntimos a cobrar o a pagar. Claro está, que muchas veces se equivocaban, aunque casi siempre a favor de sí mismos, provocando unas reacciones de furia con las que yo me deleitaba. Todos volvían a contar convencidos de que no se habían equivocado, y muchas veces los tengo pillado dándose cuenta de que habían cometido un error, pero volvían a decir la misma puntuación que al principio. Yo jamás decía nada, pero sonreía ante todo ese espectáculo, y en más de una ocasión pedían que mediase, pero siempre me mantenía más neutral que Suiza.
Recuerdo que siempre se leía el periódico de cabo a rabo, La Voz de Galicia, y que siempre estaba en su sillón puntual a las tres de la tarde, para ver el telediario de La Primera. Le gustaba estar informado, y cuando yo estaba presente era el momento idóneo para hablar de ésta o aquélla noticia. Entre medias me podía contar alguna de sus vivencias, comparando el tiempo que le tocó vivir con el que veía por la televisión cada día. Su memoria me fascinaba. Se acordaba de multitud de situaciones con lujo de detalles, de nombres, fechas. Pero no sólo eso. A lo largo de su vida, creó en su imaginación historias ficticias, tomando prestado trozos de experiencias propias de aquí y de allá, historias cargadas de humor, que yo insistía continuamente en que las contase. Rara vez lo conseguía, pero ahora pienso que así las disfrutaba más.
Recuerdo contemplar el paso inexorable de la vejez, como fue paulatinamente dejando de hacer todo lo que le gustaba. Cuando mi abuela sufrió un infarto cerebral que la dejó sin habla fue un golpe duro. Jamás he visto en mi vida pareja mas desavenida. Nunca, y cuando digo nunca es nunca, los he visto estar de acuerdo en algo. Era divertido ver como en cualquier tontería, hasta en lo evidente, la opinión de uno era rebatida por la del otro. Para mi era un misterio como podían llevar más de setenta años casados. Pero quizás ese era el secreto. Al perder mi abuela sus capacidades mentales, mi abuelo se convirtió en su compañero silencioso, no dejó de velar por ella. Alguna vez, cuando se encontraban en la terraza, los veía desde el cristal de la ventana de mi habitación, y escuchaba como él le hablaba:
-María, recordas cando subín o Pico da Felga, eh, ¿non te acordas?
Poco a poco se debilitaba más y más, se iba apagando. Estoy seguro de que perder el control de sí mismo y necesitar de la ayuda de mi madre fue uno de los momentos más duros de su vida. Era un hombre sobre todo orgulloso e independiente, no quería ser una carga para nadie. Mi madre consiguió aplacar ese sentimiento de frustración, y sé que él la admiraba profundamente por lo que hacía.
Recuerdo sus últimas palabras, en la puerta de casa, instantes antes de ir a coger el avión que me llevaría al otro lado del charco:
-Adeus, Alejandro, eu non te volvo a ver máis.
Había conseguido hasta ese momento mantener a raya mis emociones, pero cuando le escuché decir eso, sentí que me daba un vuelco el estómago. Haciendo un gran esfuerzo logré contestarle del modo más optimista que pude:
-¡Qué va, ya verás como volvemos a vernos!
Él tenía razón. Eso es algo que sé que le habría gustado.
Te extrañaré y te recordaré siempre, abuelo.