Son las cuatro de la mañana. El ambiente es una mezcla de alcohol y sudor. La gente se apretuja unos contra los otros, como buscando un contacto que se les niega habitualmente. Allí nadie se queja, todos buscan algo. ¿Qué buscan? Ni ellos mismos lo saben, aunque lo encuentren. El suelo está empapado, impregnado de toda la suciedad que cada uno trae consigo.
Se respira sexo, es el latido común, el hilo que une a todos los habitantes de la oscura sala. Afuera de repente todo está parado, en una quietud rayana en lo inexistente, donde priman los instintos primitivos. No hay pensamientos grandilocuentes, no hay ciencias exactas, no hay credos, no hay nada, más allá del vacío que llena la nada.
De vuelta, el olor es el más fiel compañero. Un olor nauseabundo, pegado a las calles, siguiéndote como una sombra. No te suelta, recordándote que tu formas parte de todo aquello. Una mujer asoma la cabeza a través de la puerta de un cajero automático, donde está el dinero, donde está ella, nosotros. Está completamente desnuda, pero aún lo está más su mirada. No llega a pedir nada, sólo tiene fuerzas para balbucear. Le doy todo lo que llevo encima, pues ya no me hace falta. Después, simplemente sigo caminando.
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