domingo, 18 de agosto de 2013

Monko

Me voy a un piso. ¿Y dónde has vivido todos estos días entonces?, os preguntaréis. Ya sabéis, por anteriores publicaciones, que mi destino el primer día era un hotel. Pero vivir de hotel no es algo que entre dentro de mis posibilidades (económicas). Vivir de hotel. Jerga esnob.
El caso es que después de conocer a mis próximamente compañeros de piso, nos embarcamos a la búsqueda de éste sin prisa pero sin pausa (sobretodo, ellos), desembocando en final feliz. Pero ese final feliz ocurriría el 19 de agosto, mañana, por caprichos de la dueña que no vienen al caso. ¿Dónde sobreviviría yo hasta el día de mi asentamiento final? La respuesta es el Hostel América del Sur.



Necesitaba abaratar costes, pues el día me estaba saliendo demasiado caro. En el América podía hacerlo. Las referencias eran magníficas: mejor hostel de Buenos Aires varios años seguidos, y la impresión en la entrada de las instalaciones y del personal que me atendió no pudieron ser mejores. Pasé 11 noches (la undécima y definitiva, hoy), y sólo os diré que no llega ni a la cuarta parte de lo que tendría que haber pagado por las mismas noches en un hotel corriente. Y además, en un hotel no lo habría pasado tan bien ni habría conocido a tanta gente.
Porque el hostel es eso: un montón de gente de todos los países del mundo (sino estaban todos los países representados por al menos una persona, casi) que conforman un gran ambiente alrededor. Todos te sonríen, todos intentan hablar contigo, y todos son agradables y educados. La mayoría jóvenes, pero allí hay gente de todas las edades.

El patio. Aquí de noche se formaba un genial ambiente.

Mis aposentos se reducían a una habitación compartida con otras tres personas, que constaba de dos literas, una ducha y un baño comunes. Pronto conocí a mi primer compañero de habitación, Joao, brasileño de unos 30 años. Cuando digo pronto, me refiero a nada más cruzar la puerta con mi maleta a cuestas. Joao iba ataviado tal cual los jugadores de básquet callejeros que vemos en las pelis. Camiseta sin mangas y ceñida, pantalones de chándal, zapatillas deportivas y gorra puesta del revés. He de admitir que me pareció un fiestero total, y he de admitir que no me equivocaba en absoluto. En mis primeros dos días fue mi único compañero, y me invitó junto a algunos colegas suyos brasileños a un asado que organizaron. Al tercer día se nos unió un tipo que sólo estuvo esa noche, del que no recuerdo su nombre (básicamente porque no me lo dijo) ni su cara. Creo que una vez le escuché hablar sólo, no consiguiendo descifrar por su manera de hablar de dónde podía ser, si bien lo sitúo en un país de Europa del este.
Y llegamos al cuarto día. El día que él apareció. Era por la tarde después de comer, y subí a la habitación a ponerle punto y final al proceso digestivo. Allí estaba sentado en una cama, con la mirada fija en lo que parecía ser un mapa. De hecho, era un mapa. Nos miramos y se inició la conversación más disparatada en la que haya podido participar nunca.

-¡Hola!
-Hum, ah, ¿ola? hum...o-la, oooo-la.
-Sí... I am from Spain, my name...
-¡Espein! Hum...Espein, Espein...no inglis, no.
-(Mano al pecho) Alejandro
-Aaalandlo, Alandlo, Espein, si, si ,si. (Mano al pecho) Monko, Monko.
-¿Monko?
-Si, si, si, si, Monko, On Kon, On Kon.
-¿Hong Kong?
-Si, si, si, si, On Kon. No China. On Kon.

En toda la conversación no dejó de mover la cabeza como si sufriera de espasmos incontenibles ni de sonreír. Así conocí a Monko, un tipo larguirucho y delgado en extremo, que tenía por tic, aparte de una verborrea incontenible por las onomatopeyas, colocarse cada dos segundos las gafas en la posición adecuada.

-Bueno, Monko, creo que esto es todo lo que podemos hablar tu y yo.
-Huuum, si, si, si, si.

Ya podía ir al baño a terminar tranquilamente con el proceso digestivo, el cual me había dado una tregua para poder disfrutar de la compañia singular de Monko.
Aunque no hablamos más por razones obvias, siempre nos saludábamos con afecto. Me causaba bastante frustración la total barrera idiomática, porque parecía un tipo muy interesante. Siempre enfrascado en lecturas, y anotando cosas en una libreta. Pero el mundo globalizado aún no lo ha conquistado todo. Todavía existen distancias insalvables.

Así era mi habitación.


Joao se fue, y llegaron dos inquilinos más a la habitación. Georden y Cynthia. Primero conocí a Cynthia, de una manera curiosa. Me desperté y ya aproveché para levantarme e ir a desayunar. Entonces me crucé con ella que venía del baño. Me quedé muy sorprendido y sólo pude balbucear un saludo.

-¿Hola?
-Ay, ¿eres español? Yo soy Cynthia, llegué esta noche. Soy de Chile.
-Eh, sí...yo soy de Galicia...Alejandro, encantado.-Estaba bajo los efectos del sueño todavía. Tanto, que hasta que llegué al baño no me di cuenta de mis pintas, y supuse que tampoco era tan raro presentarse en gayumbos, después de todo.

Por la mañana ya conocí a Georden, estadounidense de 25 años, de New Jersey, profesor de Historia de Norteamérica en Wisconsin, o eso me pareció enterder. Al decir Nueva Jersey, no pude evitar hablar con él de "Los Soprano", localizada y rodada allí. Por supuesto, conocía la serie, y ya no pudimos parar de hablar de ella. Tony Soprano uniendo culturas.
Así llegamos hasta el día de hoy, día en que abandono el hostel. Clases de tango improvisadas, charlas que se extendían hasta la madrugada, desayunos en los que todo el mundo interactuaba con todo el mundo, queriendo saber de dónde venías, qué hacías. Una gran experiencia, y mucho aprendizaje en estas casi dos semanas.

El Hostel tiene su buena fama justificada. El trato es excelente.


¿Queréis saber qué fue de Monko? Un día se largó, y no me di cuenta. Su lugar lo ocupó una persona que debió batir algún récord mundial de ruídos nocturnos. Roncar se le queda corto, y creo que será difícil que vuelva a escucharle a alguien sonidos tan extraños como los que ese hombre podía llegar a realizar durmiendo.


Ahora abro una nueva etapa, y he de decir que con muchas ganas, la de compartir piso aquí en Buenos Aires, con tres personas con las que ya he trabado amistad.


La vida continúa a toda velocidad en esta gran metrópolis, y yo me pararé de vez en cuando, como Mafalda, para seguir contándoos, y quizás, para relataros mi reencuentro con Monko, el hongkonés.

Un abrazo, y no hagáis boludeces.

1 comentario:

  1. que guay el hostel... y Monko.. cuanto le vas a echar de menos,que gran conversador!!!

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