lunes, 2 de diciembre de 2013

Una noche cualquiera en cualquier gran ciudad.

Son las cuatro de la mañana. El ambiente es una mezcla de alcohol y sudor. La gente se apretuja unos contra los otros, como buscando un contacto que se les niega habitualmente. Allí nadie se queja, todos buscan algo. ¿Qué buscan? Ni ellos mismos lo saben, aunque lo encuentren. El suelo está empapado, impregnado de toda la suciedad que cada uno trae consigo.

Se respira sexo, es el latido común, el hilo que une a todos los habitantes de la oscura sala. Afuera de repente todo está parado, en una quietud rayana en lo inexistente, donde priman los instintos primitivos. No hay pensamientos grandilocuentes, no hay ciencias exactas, no hay credos, no hay nada, más allá del vacío que llena la nada.

De vuelta, el olor es el más fiel compañero. Un olor nauseabundo, pegado a las calles, siguiéndote como una sombra. No te suelta, recordándote que tu formas parte de todo aquello. Una mujer asoma la cabeza a través de la puerta de un cajero automático, donde está el dinero, donde está ella, nosotros. Está completamente desnuda, pero aún lo está más su mirada. No llega a pedir nada, sólo tiene fuerzas para balbucear. Le doy todo lo que llevo encima, pues ya no me hace falta. Después, simplemente sigo caminando.




viernes, 8 de noviembre de 2013

A propósito de Ernesto


“Hay que bajar a Ernesto del bronce, humanizarlo” 

“Después de muchos años he decidido, por lo menos yo en la familia, dar testimonio, hablar, contar, humanizarlo, dar cuenta de que era un tipo como cualquiera; aunque después dejó de serlo, al principio lo era. Esto de la humanización me parece muy importante. Por eso mi presencia, aunque a mí me cuesta muchísimo, tengo casi 70 años y por lo menos desde que tengo 14 ya dejé de ser solamente Juan Martín Guevara, para ser hermano del Che. Me costó un montón de tiempo darme cuenta de que vale la pena abrir las puertas. Me doy cuenta de la emoción que siente la gente, es como si yo fuera, no sé, parte de la carne del Che. A veces se me acerca gente joven con ojos llorosos. Entonces vale la pena. Creo que el demostrar que el Che sí es humano convence de algo que es muy importante, convence de que es posible que aparezcan otros Che, es necesario y es posible. No es un invento, o algo imposible, sino un hombre que creció en un determinado contexto, con determinadas cuestiones, que por supuesto tenía una cabeza brillante, pero hay muchas cabezas brillantes, y el contexto se puede armar. Las cosas por las que él luchó y por las que llegó a dar la vida no están resueltas, entonces creo que es bueno poner sobre la mesa el hecho de la militancia, la lucha, la necesidad y la posibilidad de transformar”.

La Habana

“Anda al aeropuerto, que ahí hay una sorpresa”. Che preguntó qué sorpresa. “Está tu familia”, le dijeron. Ernesto ya no tenía tiempo de enojarse. De ahí esa famosa foto que hay de Ernesto abrazándose con la Vieja, que están abrazados, abrazados; yo estaba ahí, era increíble… Porque en aquel momento no había toda esta tecnología, entonces estaba lleno de cables por todos lados y la Vieja atropelló todos los cables del mundo para pegarse ese abrazo... fue como si se estuvieran fundiendo en una persona, algo que todavía lo tengo grabado; y los tripulantes del avión vinieron para sacarse fotos. En fin, yo creo que ni los cubanos mismos, y eso que son realmente fuera de lo normal, pero ni ellos entendían mucho lo que estaba pasando. Era una locura. 


Celia, Ernesto y Juan Martín en La Habana de 1959

Familia

"Tanto mi Vieja como mi Viejo nos habían educado en que no nos podíamos quedar con nada que no nos pareciera, incluso aunque lo dijeran ellos. Cada uno discutía hasta que lo convencieran o, si no, seguía con la suya. Es decir, no había esta cosa jerárquica, autoritaria, de padre que dice “esto es así” y se acabó. Entonces, esto por un lado; y, por el otro, mi Vieja tenía algunas posiciones mucho más populares, si se puede decir. Mi Viejo era un artista, un gran dibujante, un gran pintor, y, como todo artista, digamos que la realidad la pinta más o menos a su manera. No se puede decir que mienta... pero la acomoda, y él se acomodaba también a esa realidad. El Viejo era más temeroso en ese sentido, pero Ernesto había estado desde chico, y toda la vida, haciendo cosas que estaban un poquito más allá del riesgo. A veces a mí me preguntan qué sentía yo cuando Ernesto se iba; y yo digo que era al revés, qué sentía cuando él volvía, porque siempre se estaba yendo. Nunca estaba; entonces, la alegría era cuando Ernesto estaba... ¡Uhhh..., llegó Ernesto! ¡Está Ernesto...! Porque, si no estaba embarcado como enfermero, estaba en una travesía de bicicleta o de motocicleta..."


El Che y su madre, Celia, siempre fueron inseparables.

"Ernesto y Celia, eran una máquina de leer. En casa había libros en francés que no habían sido editados en español, entre ellos Trotsky, todavía había libros de Trotsky que no habían sido editados, él ya los había leído. Una mezcolanza, pero se leía de todo, te nombro Trotsky por decir un tipo muy controvertido. Salgari, además. Te subrayaba Salgari también porque él tenía la manía de que lo que le gustaba lo subrayaba o abajo te ponía algo. Entonces, cuando vos leías un libro que había leído estaba discutiendo con el autor, con él, y no sabías con quién más, entonces era molesto leer los libros que él había leído, es como que eran de él y listo". 


Che

"Yo lo retiro del guerrillero heroico porque esos son tres años de su vida. Me parece que hay que sacarlo de ese contexto guerrero. La típica imagen de Korda no me parece que sea la que haya que trasladar. Son sus ideas y no su actividad guerrillera lo que hay que acercarle a la gente". 




Juan Martín Guevara de la Serna y yo. Nunca olvidaré este encuentro.



"He nacido en la Argentina, no es un secreto para nadie. Soy cubano y también soy argentino y, si no se ofenden las ilustrísimas señorías de Latinoamérica, me siento tan patriota de Latinoamérica, de cualquier país de Latinoamérica como el que más,  y en el momento que fuera necesario estaría dispuesto a entregar mi vida por la liberación de cualquiera de los países de Latinoamérica, sin pedirle nada a nadie, sin exigir nada, sin explotar a nadie".
Ernesto Che Guevara,

Asamblea General de la ONU, 12 de diciembre de 1964



jueves, 3 de octubre de 2013

A mi abuelo

Recuerdo cuando veíamos los partidos del Dépor juntos. Mi deportivismo crecía inversamente proporcional a mi estatura, y la fe en mi equipo era inquebrantable. No existía ninguno mejor y eso no se me podía discutir. Antes de que empezara un partido mis nervios impedían que me estuviese quieto. Mi abuelo permanecía tranquilo en el sillón donde se sentaba siempre, su sillón, y no decía nada. Yo no paraba de hablar y de hablar, que si íbamos a ganar, que si el rival no tenía nada que hacer, que éramos mucho mejores... y era en ese estado de máxima excitación cuando él me decía:

- Non sei se gañará... os outros son moi bos.

Siempre decía lo mismo, provocando una reacción de ira furibunda en mi, así que volvía a decirle todo lo que ya había dicho antes, pero gritando. Cuando me veía ya muy alterado era el momento que escogía para soltarme:

-Bueno, pode gañar, sí. A ver, a ver.

Pero a mi no me aplacaba. Esa condescendencia conseguía que me enfureciera mucho más. Pero el siguiente partido lo volvíamos a ver juntos. No fallaba.

Recuerdo las partidas de cartas con mi abuela y su cuñado, Pepe, en las que yo me sentaba a observar. Eran partidas sin ningún ápice de carácter amistoso, en donde ganar era lo más importante. El momento de más tensión se producía al contar los puntos, pues de eso dependía la cantidad de céntimos a cobrar o a pagar. Claro está, que muchas veces se equivocaban, aunque casi siempre a favor de sí mismos, provocando unas reacciones de furia con las que yo me deleitaba. Todos volvían a contar convencidos de que no se habían equivocado, y muchas veces los tengo pillado dándose cuenta de que habían cometido un error, pero volvían a decir la misma puntuación que al principio. Yo jamás decía nada, pero sonreía ante todo ese espectáculo, y en más de una ocasión pedían que mediase, pero siempre me mantenía más neutral que Suiza.

Recuerdo que siempre se leía el periódico de cabo a rabo, La Voz de Galicia, y que siempre estaba en su sillón puntual a las tres de la tarde, para ver el telediario de La Primera. Le gustaba estar informado, y cuando yo estaba presente era el momento idóneo para hablar de ésta o aquélla noticia. Entre medias me podía contar alguna de sus vivencias, comparando el tiempo que le tocó vivir con el que veía por la televisión cada día. Su memoria me fascinaba. Se acordaba de multitud de situaciones con lujo de detalles, de nombres, fechas. Pero no sólo eso. A lo largo de su vida, creó en su imaginación historias ficticias, tomando prestado trozos de experiencias propias de aquí y de allá, historias cargadas de humor, que yo insistía continuamente en que las contase. Rara vez lo conseguía, pero ahora pienso que así las disfrutaba más.

Recuerdo contemplar el paso inexorable de la vejez, como fue paulatinamente dejando de hacer todo lo que le gustaba. Cuando mi abuela sufrió un infarto cerebral que la dejó sin habla fue un golpe duro. Jamás he visto en mi vida pareja mas desavenida. Nunca, y cuando digo nunca es nunca, los he visto estar de acuerdo en algo. Era divertido ver como en cualquier tontería, hasta en lo evidente, la opinión de uno era rebatida por la del otro. Para mi era un misterio como podían llevar más de setenta años casados. Pero quizás ese era el secreto. Al perder mi abuela sus capacidades mentales, mi abuelo se convirtió en su compañero silencioso, no dejó de velar por ella. Alguna vez, cuando se encontraban en la terraza, los veía desde el cristal de la ventana de mi habitación, y escuchaba como él le hablaba:

-María, recordas cando subín o Pico da Felga, eh, ¿non te acordas?

Poco a poco se debilitaba más y más, se iba apagando. Estoy seguro de que perder el control de sí mismo y necesitar de la ayuda de mi madre fue uno de los momentos más duros de su vida. Era un hombre sobre todo orgulloso e independiente, no quería ser una carga para nadie. Mi madre consiguió aplacar ese sentimiento de frustración, y sé que él la admiraba profundamente por lo que hacía.

Recuerdo sus últimas palabras, en la puerta de casa, instantes antes de ir a coger el avión que me llevaría al otro lado del charco:

-Adeus, Alejandro, eu non te volvo a ver máis.

Había conseguido hasta ese momento mantener a raya mis emociones, pero cuando le escuché decir eso, sentí que me daba un vuelco el estómago. Haciendo un gran esfuerzo logré contestarle del modo más optimista que pude:

-¡Qué va, ya verás como volvemos a vernos!

Él tenía razón. Eso es algo que sé que le habría gustado.

Te extrañaré y te recordaré siempre, abuelo.


lunes, 2 de septiembre de 2013

Escenas de la Vida Conyugal

Buenos Aires es la ciudad con más teatros del mundo. Para los bonaerenses ir al teatro es tan normal como comer o dormir. Es algo natural, algo adquirido a través de la tradición, una parte de su vida innegociable. Es habitual para los porteños ir caminando por Corrientes y mientras hacen cualquier cosa, como tomar un café, comprar en un supermercado... entrar en uno de los innumerables teatros que recorren la avenida. No piensan que es algo poco común. Es un aspecto cultural, sí, pero para ellos es algo más, es parte de sus rutinas diarias, de su definición como argentinos.

Es por este carácter tan íntimo que recibe el teatro en la vida privada, que la oferta cultural en este campo es abrumadora. No sólo en cantidad, sino también en calidad. Existe una coexistencia no agresiva entre la oferta comercial y la no comercial. En la misma calle conviven las obras más fastuosas con las más humildes, las de reparto más conocido con las que cuentan con actores "amateur". Para un bonaerense no hay distinción, tan importante es la obra de un director consolidado, con actores reconocidos, como la obra de un director novato, con actores inexpertos. Es por ello que abundan las agrupaciones teatrales, escuelas, donde muchos jóvenes pueden dar rienda suelta a su creatividad, para más adelante tener la oportunidad de estrenar una obra.

¿Pero por qué os cuento todo esto?
Ayer, mis compañeros de piso y yo fuimos al teatro. La obra llevaba la firma de nada más y nada menos que Ingmar Bergman, legendario director de cine sueco, autor de "El Séptimo Sello", "Persona", o "Fresas Salvajes", por citar sólo algunas. La dirección la llevaba a cabo un mito de la escena argentina: Norma Aleandro, la madre de Darín en la inolvidable "El Hijo de la Novia", de Juan José Campanella.

Entradas para el Teatro Maipo. 20 euros cada una (200 pesos).

Los actores, Ricardo Darín y Valeria Bertuccelli. Del primero creo que no hace falta presentación. Bajo mi humilde opinión, siempre me refiero a él como uno de los mejores actores del mundo. La ya nombrada "El Hijo de la Novia", "Nueve Reinas" o la más reciente "El Secreto de sus Ojos" son algunas de las películas donde hemos podido disfrutar del enorme talento de este argentino de 56 años.
Su "parteneire", Valeria Bertuccelli, es una excelente actriz de 43 años, la cual la pudimos ver en el Cine en "Luna de Avellaneda", de Campanella, y "Hotel Tívoli", del gallego Antón Reixa, por nombrar dos ejemplos.



Llegamos al teatro Maipo un poco antes del inició de la función, marcada a las 19:30. El telón no se subió hasta media hora después, más o menos. La obra fue presentada por los actores, y en ella transcurrirían varias escenas de la vida cotidiana de una pareja "normal". El tono era humorístico, pero nunca alejado demasiado del drama que a veces desprendía el patetismo de algunas situaciones. Para el recuerdo quedará el ataque de risa que sufrió Valeria al final de la segunda y principio de la tercera escena, contagiando al propio Darín y al público. Fue un desliz, perdonado ante el derroche interpretativo que nos regalaron los dos, mostrando una química increíble en todo momento. Las risas se entremezclaban con los silencios en los momentos de más dramatismo, y en general la experiencia de poder disfrutar de una obra de tal calibre, y de unos actores de primer nivel, fue magnífica e inolvidable.

Cayó el telón, pero no dudo que en el tiempo que esté aquí, se volverá a alzar muchas, muchas veces más.


Ricardo Darín sentado prácticamente en el mismo lugar 
desde donde vimos la obra.


jueves, 22 de agosto de 2013

Cosas que pasan en una noche de tormenta

Hace tres días que estrenamos piso. Las cuatro personas que vivimos en el coincidimos en que tenemos suerte. Está realmente bien y situado en una de las mejores zonas de la ciudad. Empezábamos con ilusión y ganas de hacer muchas cosas en Buenos Aires. Todo iba perfecto. Hasta ayer. Pero para comprenderlo mejor, he de remontarme a antes de ayer.
Recuerdo que en la tarde del martes hacía mucho calor, algo inusual debido a que aquí es invierno, y aunque no hace casi nunca mucho frío, tampoco hace casi nunca el exagerado bochorno que sufríamos. Entonces Tania buscó algo en el móvil y me lo enseñó:

-Mira, este es el tiempo para esta noche (en la pantalla aparecía una nube negra, negrísima, vomitando rayos, y puede que también alguna centella).
-Anda, pues según esto va a haber tormenta, lo cual explicaría este calor pegajoso- contesté yo.

Nos olvidamos del tema, hasta que un haz de luz iluminó la noche porteña, recordándonos lo útiles que pueden ser las aplicaciones metereológicas del móvil (je je). Cayó una buena tormenta, con un gran chaparrón de agua, lo cual no impidió que fuésemos a disfrutar de un concierto de jazz que se celebraba a una cuadra de nuestro departamento (así se dice en argentino).




Descubrimos a la vuelta los estragos del fenómeno natural. No funcionaba internet, ni la televisión, ni había luz, y lo más extraño de todo, no había agua. Habíamos retrocedido de golpe y porrazo a los tiempos de Eva Perón (en realidad retrocedimos mucho más, pero era por poner una cara reconocible al asunto).
En fin, nos fuimos a dormir con la esperanza de que el nuevo día solucionara los problemas, pero nada más lejos de la realidad. Todo seguía fuera de servicio y así continúo, hasta que llego la tarde y todos tuvimos que ir a clase. Dani a Ingeniería en Puerto Madero, Cris al campus principal de la UNSAM y Tania y yo al edificio de postgrados en la calle Sarmiento, en el centro de Buenos Aires.
Llevaba media hora en clase cuando en mi móvil apareció el siguiente mensaje:

-Por fvr se está inundando el dpto. Necesit q llamen a Pedro.

El mensaje era de nuestra casera, la cual se encuentra en España, y Pedro es el portero del edificio. Aquí en BA la figura del portero es normal.
Le enseñé el mensaje a Tania al mismo tiempo que me levantaba y salía de la clase a toda prisa.

-¿Vos también te has equivocado de materia?- Me dijo la profesora.
-No, no, es que me tengo que ir. - Acerté a decir.

Salí corriendo. Vi que Tania venía detrás de mi. Me seguían llegando mensajes.

-Es urgente
-Se ha quedado el grifo abierto.

¡El grifo! Habíamos probado durante todo el día si el agua había vuelto. Ahora ya sabíamos que sí.

-Estoy corriendo para allá.- Contesté sin parar de correr.
-Por fvr
-¿Estás lejos?
-Tómate un taxi por fvr.
-Se estropeará todo el depto.
-Estoy llegando. - A cada mensaje crecía mi preocupación.
-Qué nervios...
-Se ha quedado un grifo abierto y se inunda abajo...
-Avísame cuando estés
-Ya llegué, está la cocina mojada y ya está Pedro conmigo. Entre los dos lo solucionamos.

Del piso a la facultad hay 15 minutos andando. Yo lo hice en apenas 5 minutos. Cuando llegué me encontré que la cocina estaba encharcada, pero me esperaba un espectáculo mucho peor. Entre el portero, Tania cuando llegó (5 minutos más tarde) y yo, achicamos todo el agua. Limpiamos absolutamente todo, de arriba a abajo y al final todo quedó en un susto. Había goteado un poco en el segundo piso, y me dirigí allí para pedir disculpas y ver si habían sufrido muchos daños. Afortunadamente, no era así y fueron muy amables y comprensivos.

-Ya se fue Pedro. La situación está controlada. Ya nos encargamos de todo. No te preocupes.
-Gcs Alejandro.

Perdimos una clase, pero a cambio reconquistamos nuestro piso, y todas las vivencias que aún nos quedan por vivir en el los próximos meses.




PD: Al mismo tiempo que el agua, volvió internet, la luz y la televisión. A partir de ahora me tomaré más en serio lo que me diga una aplicación metereológica de móvil.



domingo, 18 de agosto de 2013

Monko

Me voy a un piso. ¿Y dónde has vivido todos estos días entonces?, os preguntaréis. Ya sabéis, por anteriores publicaciones, que mi destino el primer día era un hotel. Pero vivir de hotel no es algo que entre dentro de mis posibilidades (económicas). Vivir de hotel. Jerga esnob.
El caso es que después de conocer a mis próximamente compañeros de piso, nos embarcamos a la búsqueda de éste sin prisa pero sin pausa (sobretodo, ellos), desembocando en final feliz. Pero ese final feliz ocurriría el 19 de agosto, mañana, por caprichos de la dueña que no vienen al caso. ¿Dónde sobreviviría yo hasta el día de mi asentamiento final? La respuesta es el Hostel América del Sur.



Necesitaba abaratar costes, pues el día me estaba saliendo demasiado caro. En el América podía hacerlo. Las referencias eran magníficas: mejor hostel de Buenos Aires varios años seguidos, y la impresión en la entrada de las instalaciones y del personal que me atendió no pudieron ser mejores. Pasé 11 noches (la undécima y definitiva, hoy), y sólo os diré que no llega ni a la cuarta parte de lo que tendría que haber pagado por las mismas noches en un hotel corriente. Y además, en un hotel no lo habría pasado tan bien ni habría conocido a tanta gente.
Porque el hostel es eso: un montón de gente de todos los países del mundo (sino estaban todos los países representados por al menos una persona, casi) que conforman un gran ambiente alrededor. Todos te sonríen, todos intentan hablar contigo, y todos son agradables y educados. La mayoría jóvenes, pero allí hay gente de todas las edades.

El patio. Aquí de noche se formaba un genial ambiente.

Mis aposentos se reducían a una habitación compartida con otras tres personas, que constaba de dos literas, una ducha y un baño comunes. Pronto conocí a mi primer compañero de habitación, Joao, brasileño de unos 30 años. Cuando digo pronto, me refiero a nada más cruzar la puerta con mi maleta a cuestas. Joao iba ataviado tal cual los jugadores de básquet callejeros que vemos en las pelis. Camiseta sin mangas y ceñida, pantalones de chándal, zapatillas deportivas y gorra puesta del revés. He de admitir que me pareció un fiestero total, y he de admitir que no me equivocaba en absoluto. En mis primeros dos días fue mi único compañero, y me invitó junto a algunos colegas suyos brasileños a un asado que organizaron. Al tercer día se nos unió un tipo que sólo estuvo esa noche, del que no recuerdo su nombre (básicamente porque no me lo dijo) ni su cara. Creo que una vez le escuché hablar sólo, no consiguiendo descifrar por su manera de hablar de dónde podía ser, si bien lo sitúo en un país de Europa del este.
Y llegamos al cuarto día. El día que él apareció. Era por la tarde después de comer, y subí a la habitación a ponerle punto y final al proceso digestivo. Allí estaba sentado en una cama, con la mirada fija en lo que parecía ser un mapa. De hecho, era un mapa. Nos miramos y se inició la conversación más disparatada en la que haya podido participar nunca.

-¡Hola!
-Hum, ah, ¿ola? hum...o-la, oooo-la.
-Sí... I am from Spain, my name...
-¡Espein! Hum...Espein, Espein...no inglis, no.
-(Mano al pecho) Alejandro
-Aaalandlo, Alandlo, Espein, si, si ,si. (Mano al pecho) Monko, Monko.
-¿Monko?
-Si, si, si, si, Monko, On Kon, On Kon.
-¿Hong Kong?
-Si, si, si, si, On Kon. No China. On Kon.

En toda la conversación no dejó de mover la cabeza como si sufriera de espasmos incontenibles ni de sonreír. Así conocí a Monko, un tipo larguirucho y delgado en extremo, que tenía por tic, aparte de una verborrea incontenible por las onomatopeyas, colocarse cada dos segundos las gafas en la posición adecuada.

-Bueno, Monko, creo que esto es todo lo que podemos hablar tu y yo.
-Huuum, si, si, si, si.

Ya podía ir al baño a terminar tranquilamente con el proceso digestivo, el cual me había dado una tregua para poder disfrutar de la compañia singular de Monko.
Aunque no hablamos más por razones obvias, siempre nos saludábamos con afecto. Me causaba bastante frustración la total barrera idiomática, porque parecía un tipo muy interesante. Siempre enfrascado en lecturas, y anotando cosas en una libreta. Pero el mundo globalizado aún no lo ha conquistado todo. Todavía existen distancias insalvables.

Así era mi habitación.


Joao se fue, y llegaron dos inquilinos más a la habitación. Georden y Cynthia. Primero conocí a Cynthia, de una manera curiosa. Me desperté y ya aproveché para levantarme e ir a desayunar. Entonces me crucé con ella que venía del baño. Me quedé muy sorprendido y sólo pude balbucear un saludo.

-¿Hola?
-Ay, ¿eres español? Yo soy Cynthia, llegué esta noche. Soy de Chile.
-Eh, sí...yo soy de Galicia...Alejandro, encantado.-Estaba bajo los efectos del sueño todavía. Tanto, que hasta que llegué al baño no me di cuenta de mis pintas, y supuse que tampoco era tan raro presentarse en gayumbos, después de todo.

Por la mañana ya conocí a Georden, estadounidense de 25 años, de New Jersey, profesor de Historia de Norteamérica en Wisconsin, o eso me pareció enterder. Al decir Nueva Jersey, no pude evitar hablar con él de "Los Soprano", localizada y rodada allí. Por supuesto, conocía la serie, y ya no pudimos parar de hablar de ella. Tony Soprano uniendo culturas.
Así llegamos hasta el día de hoy, día en que abandono el hostel. Clases de tango improvisadas, charlas que se extendían hasta la madrugada, desayunos en los que todo el mundo interactuaba con todo el mundo, queriendo saber de dónde venías, qué hacías. Una gran experiencia, y mucho aprendizaje en estas casi dos semanas.

El Hostel tiene su buena fama justificada. El trato es excelente.


¿Queréis saber qué fue de Monko? Un día se largó, y no me di cuenta. Su lugar lo ocupó una persona que debió batir algún récord mundial de ruídos nocturnos. Roncar se le queda corto, y creo que será difícil que vuelva a escucharle a alguien sonidos tan extraños como los que ese hombre podía llegar a realizar durmiendo.


Ahora abro una nueva etapa, y he de decir que con muchas ganas, la de compartir piso aquí en Buenos Aires, con tres personas con las que ya he trabado amistad.


La vida continúa a toda velocidad en esta gran metrópolis, y yo me pararé de vez en cuando, como Mafalda, para seguir contándoos, y quizás, para relataros mi reencuentro con Monko, el hongkonés.

Un abrazo, y no hagáis boludeces.

miércoles, 14 de agosto de 2013

La realidad argentina

"Acá está mal la cosa, cada vez está peor". "Antes con 100 pesos pasabas el día, ahora es imposible".

Esas son dos de las frases que he escuchado últimamente. Y es que los argentinos de a pie están preocupados. Preocupados y hartos de una situación que lleva al país a una bancarrota total.
El desencanto con la clase política es absoluto. El domingo el país vivió elecciones primarias, y los resultados afectaron sensiblemente al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. La corrupción es tan extensiva y descarada que más de un argentino se habría quedado en casa el día electoral, sino fuera porque aquí el derecho a voto es una obligación. Sí, hay que ir a votar, quieras o no. No sé lo que pensáis vosotros, pero a mi esto me parece un atentado contra la libertad individual.



En el tema económico hay dos claros problemas en Buenos Aires, y por extensión, en Argentina: la durísima inflación, y el tipo de cambio.

La inflación es brutal. Va como una moto y crece de forma imparable, y los salarios no van ni a paso de tortuga, están congelados. Para entenderlo nada mejor que un ejemplo práctico. Volvamos a la frase de los 100 pesos. Lo que antes podías adquirir con 100 pesos, ahora lo haces por 250. El consumo se ve ahogado ante esta realidad. De ahí viene la depreciación de la moneda y el otro problema del que os hablaba: el tipo de cambio. Todo el mundo compra en pesos, pero ahorran en dólares. ¿Os acordáis de lo que ponía en mi tercer post sobre el cambio oficial y el "cambio paralelo"? Aquí se habla en pesos para productos básicos, pero para inversiones, como comprar una casa, se habla en dólares.



No quiero aburriros más con el tema, aunque se podría profundizar mucho, pero ésta es la realidad del país en el que me encuentro ahora, no muy alejada del país que dejé al otro lado del charco. Ellos me preguntan por la situación española, y encuentran cierto consuelo cuando les digo que allí la situación es peor (es verdad) y que la corrupción campa a sus anchas.

Pero veo muchas similitudes en que pronto sufrirán las consecuencias que en España estamos padeciendo desde hace unos años, producto de una pésima gestión a cargo de unos gobernantes ineptos que no saben sacar provecho alguno de los enormes recursos que un país, como en este caso Argentina, posee.
Y creedme, es una lástima. Veo las caras de los argentinos cuando me hablan de este tema y veo el mismo temor que allá en España ya se tornó en cruda realidad. Espero que aquí reaccionen a tiempo.



Un saludo, perdón por la tardanza y espero volver pronto a publicar.